Las siete de la mañana se han convertido en un tarde, muy tarde.
Sigo gritando tu nombre de madrugada.
Se me hiela el pecho y cierro las ventanas.
Ahora el ruido se muere
y se convierte en nido
lo que un día fue ataúd.
Ya no tengo textos bonitos para susurrarte en la almohada.
Te beso, me doy la vuelta.
Estamos a oscuras, no lo notas.
Duermes mientras derramo
trocitos de corazón entre las sábanas.
Y amanece.
Otra vez.
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