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jueves, 12 de octubre de 2017

miedo a morir de ti

Los días marcados son muy, muy peligrosos.
Predisponemos intención a la intemperie.
Tengo miedo de
que mañana
sea el día
en el que,
por fin,
nos arrastre la marea
y nos convirtamos en espuma
y deshagamos el abrazo
y sólo quede de nosotros
un grito
un esbozo
un estrago
un nido vacío
una gota de tinta
disuelta en lágrimas, y viceversa.

Y qué más da
si al final todo
es
lo mismo.




martes, 23 de mayo de 2017

todas las rosas que nacieron en mi pecho


Me siento profundamente culpable
por condicionar una vida 
al designio de una egoísta que sólo
quiere
ser
libre.

Todas las rosas que nacieron en mi pecho
fueron ahogadas y escondidas,
hasta que la angustia me devoró por dentro,
y explotó.

Las rosas siguen naciendo, y yo las sigo matando
para que nadie me vea llorar.
Que la voz rota no me la cure nadie. 
Que hagan oídos sordos ante mis gritos de auxilio.

Por favor,
entierra a mis rosas muertas.
Sabes donde están porque
cada latido es una coordenada.

Y tú siempre supiste escuchar.

domingo, 2 de abril de 2017

lejos



"Si puedes esperar hasta que llegue a casa,
te juro que valdrá la pena".

Es el estribillo de nuestra canción y me lo repito
entre lágrimas cada noche.

Pero cada vez me produce más pavor
el hecho de volver a verte.

Me autoconvenzo de que mi pensamiento mágico no es válido.
Trato de esconder lo que me salva.

Sé que al otro lado del teléfono voy a encontrarme con un pitido sordo
y un contestador.

Ojalá tu voz gritándome desde el otro lado.
Ojalá tus manos apretándome la cintura,
Ojalá tu pecho en mi espalda.
Ojalá tú.

sábado, 4 de febrero de 2017

besa

Besa.

Besa mientras escribes.
Besa antes de dormir.
Besa al ir a clase.
En mi recuerdo solo quedan recodos de tu orden.

Besa.

Besa bajo las sábanas.
Besa temblando de miedo.
Besa escribiendo en esquinas.
Y tú de eso ya no te acuerdas.

Besa.

Y sé que me estás leyendo.
Y sé que te muerdes la lengua.
Y sé que te hubiera gustado transformar
esa palabra en un acto real.

Besa.

Una niña que se agarra a las faldas de su madre,
mientras atraviesas puertas cerradas
con toda la furia de un enfermo
que busca salir al exterior.

Cuando esa niña lloraba,
se encerraba en un castillo amarillo,
con una fuente de arcoiris
y una estrella con su nombre.

Cuando esa niña lloraba,
y quería romper su cuerpo,
tú solo gritabas:
¡besa!
Como si el verbo hiciera milagros.

Esa misma niña que está en la portada de tu libro,
mirando hadas con ojos curiosos
y consolando cebollas que lloran.
Justo esa,
que has querido curarla
cuando ya estaba descosida.

Besa.

Me convertí en una personificación de ese imperativo.
Pero, afortunadamente,
eso solo
lo entiendes
tú.