Besa mientras escribes.
Besa antes de dormir.
Besa al ir a clase.
En mi recuerdo solo quedan recodos de tu orden.
Besa.
Besa bajo las sábanas.
Besa temblando de miedo.
Besa escribiendo en esquinas.
Y tú de eso ya no te acuerdas.
Besa.
Y sé que me estás leyendo.
Y sé que te muerdes la lengua.
Y sé que te hubiera gustado transformar
esa palabra en un acto real.
Besa.
Una niña que se agarra a las faldas de su madre,
mientras atraviesas puertas cerradas
con toda la furia de un enfermo
que busca salir al exterior.
Cuando esa niña lloraba,
se encerraba en un castillo amarillo,
con una fuente de arcoiris
y una estrella con su nombre.
Cuando esa niña lloraba,
y quería romper su cuerpo,
tú solo gritabas:
¡besa!
Como si el verbo hiciera milagros.
mirando hadas con ojos curiosos
y consolando cebollas que lloran.
Justo esa,
que has querido curarla
cuando ya estaba descosida.
Besa.
Me convertí en una personificación de ese imperativo.
Pero, afortunadamente,
eso solo
lo entiendes
tú.
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